Coordenadas previas



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
En el siglo XII se produce en Europa, y fundamentalmente en Italia, un verdadera renacimiento jurídico, que será objeto de nuestra atención, ya que su influencia en el Derecho de los siglos posteriores habrá de ser fundamental. Sin embargo, conviene no olvidar que ese renacer jurídico del siglo XII aparece inserto  en unas coordenadas previas de variada índole que, una vez disipadas las tinieblas de los primeros siglos del medievo, posibilitan su realización.

Parece demostrado que los rasgos característicos de la Europa occidental de la Alta Edad Media (siglos VIII al X), se cifraban en un predominio de la economía agraria, en la decadencia del comercio y de la economía industrial y en el desarrollo de los grandes dominios territoriales, con el consiguiente retroceso de la vida urbana. Nos encontramos, pues, en aquellos primeros siglos altomedievales con los claros signos que definían la sociedad feudal, la cual, al generalizarse los vínculos de dependencia personal, bloqueaba toda posibilidad de liberación en los distintos órdenes y, especialmente, en el plano cultural.

Sólo a partir del siglo XI se apreciaron los primeros síntomas de revitalización social y económica que tenía su origen en la superación del terror atávico que invadió la conciencia del hombre europeo ante la inminente llegada del año 1000, una fecha asociada a la del fin del mundo, según distintas profecías difundidas por predicadores visionarios que recorrían Europa anunciando la inevitable catástrofe y amonestando a la penitencia. Superada la fecha fatídica brotó una corriente de optimismo, cuya primera consecuencia fue un notable incremento demográfico que se produjo en beneficio de las ciudades, a través de una intensa inmigración rural que hizo bascular el centro de gravedad político del campo a la ciudad.

La nueva economía urbana, basada en la industria, en el tráfico mercantil y en la circulación monetaria, que empezaba a manifestarse después de haber estado eclipsada en los siglos anteriores, favoreció el naciente esplendor de los centros urbanos y, concretamente, de la clase social más activa y más beneficiada por las nuevas circunstancias, la de los mercaderes o burgueses. Ellos iban a imponer un nuevo tipo de economía que les enriquecería, una economía basada en el manejo del dinero contante, de riqueza que se puede multiplicar con mucha más facilidad con los bienes inmuebles, lo que les permitiría ponerse al mismo nivel de la nobleza y del clero, las dos clases que hasta entonces venían monopolizando el poder y la cultura respectivamente.

A estas circunstancias, que también se daban en los reinos hispánicos, se unía en éstos un hecho político que favorecía la recepción de nuevos planteamientos jurídicos y el afianzamiento, en definitiva, de un Derecho nuevo: se trata del avance espectacular de la Reconquista y la consiguiente consolidación de las fronteras ya en el siglo XII, pero sobre todo en el XIII, y de manera especial a raíz de la contundente batalla de las Navas de Tolosa (1212), que aseguraría definitivamente el dominio cristiano frente a los musulmanes.

La ampliación de los territorios cristianos y, por tanto, el incremento del espacio alejado de la zona bélica, permitía organizar la vida en un clima de paz y prestar atención a actividades antes más descuidadas, como el fomento del comercio o de la cultura. Y también atender al control de la vida pública y al ejercicio más eficaz del gobierno sobre la base imprescindible de neutralizar a los señores y a los municipios, cuyos poderes nacieron al socaire de la Reconquista y se sustentaron en ordenamientos jurídicos condicionados por la necesidades de la época. Frente a ellos, se impondría un poder unificado y fuerte, que sometiera o encauzara a los tradicionales, capaz de imprimir una directriz única a la labor de gobierno. Un nuevo poder que necesitaría también, como soporte y como instrumento para su ejercicio, de un nuevo Derecho.

Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Páginas 155-157.