Repoblación de las Ordenes Militares



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Durante la segunda mitad del siglo XII y en la primera mitad del XIII, la llegada de los almohades a la Península originó importantes consecuencias en el tema de la repoblación. El avance cristiano se detuvo en la línea del Tajo y al norte de Teruel y Albarracín, quedando como tierra de nadie toda la región de La Mancha, entre el Tajo y el Guadiana por el centro, y una amplia zona que iba desde Cuenca y Teruel hasta Sierra Morena, por la parte oriental.

Este extenso territorio, carente casi por completo de núcleos urbanos de importancia y apenas habitado por escasos grupos humanos dedicados al pastoreo, sería objeto de una lenta repoblación que tuvo en las Órdenes Militares sus principales impulsoras. En efecto, los reyes asumieron con sus propios medios al tiempo que iniciaban una colonización que, sin excluir la fundación de algunos núcleos de población, se manifestó preponderantemente rural, latifundista, ganadera y pastoril, sobre la base de un régimen señorial temperado por el debilitamiento demográfico de las zonas del interior, que exigió la implantación de un régimen jurídico en ciertos sentidos privilegiado, capaz para estimular la llegada de nuevos pobladores.

Así, la Orden Militar de Santiago se instaló en Uclés, la de San Juan en Consuegra, y la de Calatrava en la villa de este nombre, desplegando las tres desde sus respectivas bases una actividad repobladora semejante a la que hasta entonces habían venido desarrollando los monasterios y los concejos.

En la Extramadura leonesa, zona también de muy escasa población, se hizo notar igualmente la presencia de las Órdenes, destacando aquí la influencia militar y colonizadora de la de Alcántara (en Alcántara, Zalamea o Villanueva de la Serena, por ejemplo) y la de Santiago (así en Montánchez, o en Usagre).


Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Página 99.