Las primeras invasiones bárbaras en Hispania



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de los tiempos en que, en medio de una crisis económica, política e institucional irreversible, diversos pueblos "bárbaros", es decir, extraños al Imperio, consiguen atravesar sus fronteras e instalarse en tierras de la vecina Galia, aprovechando la impotencia de los ejércitos romanos, aburguesados y dirigidos en parte por jefes también bárbaros que habían ofrecido su ayuda militar a Roma a cambio de ciertos beneficios, sobre todo tierras.

Ocurría en torno al año 406, y tres años después, en el otoño del 409, varios de aquellos pueblos, de origen germánico, los suevos, los vándalos y los alanos, irrumpieron violentamente en la Península Ibérica, sembrando la destrucción, la anarquía y la miseria en todo el país. Dos años más tarde, sin embargo, merced a un posible pacto entre ellos, a cuya elaboración no habría sido ajena Roma, decidieron asentarse y repartirse algunas regiones: los suevos y los vándalos asdingos se instalaron en la Gallaetia, los alanos en la Lusitania y en la parte occidental de la Cartaginensis y a los vándalos silingos correspondió la provincia Baetica. Las tierras volcadas al Mediterráneo (la Tarraconensis y la parte oriental de la Cartaginensis) quedaron libres de invasores y continuaron bajo el débil dominio romano.

Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Página 51.