La repoblacion de las areas rurales



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Al proceso militar de la reconquista siguió un movimiento de profundo relieve social que vendría a consolidar aquélla y que recibe el nombre de repoblación. Podemos definirla como la retención efectiva en manos cristianas de los territorios previamente ganados con las armas al Islam, mediante el establecimiento permanente de grupos humanos que se instalan en ellos, protagonizando así una importante función económica que, al mismo tiempo, garantiza la firmeza de los avances cristianos, en cuanto constituyen un primer baluarte defensivo ante eventuales contraataques musulmanes.

Alcance de la repoblación de tierras en los primeros siglos medievales

Las primeras manifestaciones repobladoras del reino astur-leonés tuvieron como objetivo preferente la colonización de extensas comarcas rurales, en su mayor parte desposeídas por sus anteriores cultivadores, al norte de los ríos Ebro y Duero.

Para Sánchez-Albornoz se trataría de tierras absolutamente despobladas como consecuencia de una serie de circunstancias que condicionaron la aparición del "desierto estratégico del Duero": las primeras campañas musulmanas que devastaron los cultivos y provocaron la huida de buena parte de los habitantes de estas comarcas hacia Galicia, Asturias y Cantabria; la rebelión y posterior éxodo de los bereberes hacia el sur en el año 740; las campañas de Alfonso I, que asoló la cuenca del Duero y se llevó hasta el norte a la población mozárabe que había conseguido sobrevivir en ella; el hambre y las epidemias subsiguientes a estas campañas, etc.

Menéndez Pidal, por el contrario, sostuvo la tesis de que la realidad social y demográfica del valle del Duero en el siglo VIII fue bien distinta. En su opinión, aunque cabe aceptar una sensible disminución en el número de habitantes de estas regiones, que llevaría consigo la desarticulación de la organización administrativa, no llegaría a producirse una despoblación total de la Meseta norte, en la que siempre persistieron instalados grupos humanos.

En este orden de cosas, considera exageradas las referencias de las crónicas a la acción devastadora de Alfonso I y a la actividad repobladora de los monarcas posteriores que, en su opinión, debe entenderse en el sentido de reconstrucción de la estructura política y administrativa que, en efecto, había desaparecido, pero no con un alcance absoluto de acomodamiento ex novo de contingentes demográficos sobre un espacio del todo deshabitado. Desde su punto de vista, repoblar significa atraer pobladores a tierras ya habitadas, aunque con escasa densidad, y organizar en ellas la convivencia.

Sea cual fuere la postura adoptada ante esta cuestión, de lo que no sabe duda es de que en los primeros siglos el esfuerzo repoblador se centró con preferencia casi absoluta en la repoblación de tierras en su mayor parte desiertas y faltas de cultivo.

La dinámica repobladora de los primeros siglos

Galicia

A lo largo del siglo VIII tuvo lugar el asentamiento en Galicia de una parte de la población asturiana, cuya densidad se había incrementado a consecuencia de las expediciones de Alfonso I por el valle del Duero. Así se restaura la ciudad de Lugo y se inicia la explotación agraria de las comarcas rurales más próximas a ella. Durante el siglo IX la repoblación fue extendiéndose más al sur, sobre las regiones de Tuy, Orense y, ya en territorio portugués, se llega al Duero y al valle del Mondego, con la conquista de Oporto y Coimbra.

León 

La repoblación leonesa se desarrolla en el siglo IX bajo el impulso de los reyes (Ordoño I, Alfonso III, Ramiro II), de nobles (como el conde Gatón, restaurador de Astorga, que repobló la región del Bierzo) y de establecimientos monásticos (como el de San Miguel de Escalada, foco colonizador del valle del Esla).

En el siglo X la expansión leonesa había alcanzado ya al Duero y aún se intentó repoblar al sur de este río, en el valle del Tormes, aunque la empresa quedó frustrada por la reacción musulmana encarnada en las expediciones de Almanzor. Los grupos que se desplazaron hasta las nuevas tierras estaban integrados por asturianos, gallegos y mozárabes fugitivos, dirigiéndose estos últimos con preferencia a las ciudades como León, capital del reino desde Ordoño II, o Zamora.

Castilla

A comienzos del siglo IX se inicia la repoblación de la Castilla primitiva, en el margen izquierdo del Ebro, al amparo de monasterios espontáneamente erigidos, como el de Taranco, cuyos monjes dirigen la roturación del valle del Mena, con una población básicamente compuesta de cántabros, vascones y visigodos, y alguna presencia de elemenos mozárabes.

A finales del siglo, los castellanos colonizan la ribera del Arlanzón, donde fundan Burgos sobre el solar de una antigua fortaleza, y ya en el siglo X establecen la frontera en el Duero, tras la conquista de una serie de plazas estratégicas que bordean su curso. Lo mismo que los leoneses, intentarían también el avance al otro lado del río en un primer ensayo repoblador sobre Sepúlveda y Ávila, fracasado por las mismas razones que habían truncado la tentativa leonesa.

Navarra

En el territorio navarro el proceso repoblador comienza a manifestarse en los primeros años del siglo X, cuando Sancho Garcés I (905-925) inicia la expansión del reino por La Rioja, significándose desde el principio la importancia de la acción repobladora monástica a través de diversos focos colonizadores atractivos de población vascona (fundamentalmente alavesa) y mozárabe, entre los que destacan los monasterios de Leire, Albelda y San Millán de la Cogolla.

Aragón y Cataluña

El primitivo condado de Aragón experimentó en los comienzos del siglo IX un movimiento de repoblación de tierras desiertas muy localizado en la comarca del Pirineo, que fomentaron los condes y fue respaldado por la iniciativa monacal, localizada en torno al Monasterio de San Pedro de Siresa primero y, más tarde, ya en el siglo XI, alrededor del de San Juan de la Peña.

Por lo que respecta al Pirineo oriental, desde el siglo IX tuvo lugar una intensa actividad repobladora potenciada por los monarcas francos, que procedieron al asentamiento en las comarcas de la Cataluña Vieja de numerosos sectores de población hispana que, tras la invasión musulmana, había buscado refugio al otro lado de la cordillera.

Los condes, los monasterios y la iniciativa popular contribuyeron después a reforzar esta corriente, como consecuencia de la cual se afianzarán importantes núcleos de colonizadores (instalados con frecuencia al amparo de instituciones monásticas como la de Ripoll o la de San Juan de las Abadesas), que florecen en la época de Vifredo el Velloso, como exponentes de un ilusionado movimiento repoblador que dejaría sentir sus efectos sobre las zonas de Vich, Cardona, Monserrat, Manresa, etc.


Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Páginas 88-91.