Expansión territorial y reorganización política



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Asturias y León

La unión de cántabros y astures en el año 739 bajo el mandato de Alfonso I, proclamado rey, señala el inicio de una fase expansiva de la incipiente monarquía asturiana, posible no tanto por la potencia militar de ese núcleo como por la confluencia de una serie de circunstancias favorables para un primer y modesto despliegue de sus fronteras: la terrible sequía que asoló la Península en la mitad del siglo VIII, desencadenando un período de hambre que despobló la zona y, sobre todo, el abandono de las guarniciones norteñas por los bereberes, que marcharon hacia el sur para disputar a los árabes las fértiles tierras andaluzas en las que se habían asentado.

Alfonso I destruirá sistemáticamente las fortalezas militares que estrechaban los límites de su reino uniendo a él, además, el territorio de Galicia y extendiendo su radio de acción por el este hasta alcanzar el alto valle del Ebro. Unas expediciones de saqueo por la cuenca del Duero, ahora libre de musulmanes, le depara también la oportunidad de incrementar sus fuerzas con la dispersa población mozárabe que encuentra a su paso, a la que traslada consigo de vuelta al núcleo asturiano.

Tras un período de oscurecimiento de la monarquía, la subida al trono de Alfonso II (792) reafirma definitivamente la independencia del reino de Asturias bajo la influencia ideológica de los refugiados mozárabes que llegan a su corte, llevando con ellos el sentimiento de continuidad con el desaparecido reino de Toledo. Se afianza así la personalidad nacionalista del territorio que, orientada en esta línea de prolongar la legitimidad anterior al 711, se reorganiza ahora sobre el modelo administrativo visigótico.

Una política semejante mantuvieron después Ordoño I (850-886) y Alfonso III (886-910), en cuyos reinados la frontera leonesa se afirma sólidamente en el valle del Duero, mientras prosigue el establecimiento en el reino de numerosos mozárabes fugitivos que refuerzan la herencia cultural visigoda.

Castilla

El sector oriental del reino de León, la demarcación más peligrosa por constituir el objetivo preferente e inmediato de los ataques musulmanes, progresa también hacia el sur bajo la dirección de los condes designados por el rey para ejercer en su nombre las funciones de defensa y gobierno.

La expansión militar se realiza con cierta autonomía respecto del poder central, y ello facilita la aparición en la comarca de una conciencia de la propia identidad frente al resto del territorio leonés. En tiempos de Alfonso III los castellanos habían llegado al Arlanzón y poco después alcanzan la línea del Duero y aún la sobrepasan a mediados del siglo X, tras la conquista de Sepúlveda por Fernán González. En la persona de éste había recaído la titularidad de varios condados y desde su posición preeminente fomenta la consolidación de la idiosincrasia nacional, y asume una política de independencia de hecho que culminará en la secesión de toda la tierra "qui nunc vocitatur Castellae".

Siglos después, afianzada la propia personalidad jurídica, los castellanos mitificarán el origen de su independencia poniéndolo en relación con el rechazo del legado jurídico visigodo que conservaban los leoneses.

Navarra y Aragón

El dominio musulmán de los territorios del valle del Ebro resultó inicialmente facilitado por la conversión al Islam de los más importantes jefes visigodos, como el Conde Casio en Tudela o Asrum en Huesca. Los territorios de la montaña no fueron ocupados físicamente y esto les permitió mantener una situación de relativa independencia, en la línea de la que habían mantenido frente al dominio visigodo y, antes aún, frente al romano.

En el Pirineo occidental, la resistencia contra los musulmanes se organiza pronto, y alterna con la que oponen frente a los francos, encontrando apoyo para este doble enfrentamiento en los muladíes tudelanos, que desde el primer momento se muestran reacios a admitir la autoridad de los emires cordobeses. Después de diversas alternativas, a principios del siglo IX Pamplona aparece regida por la familia indígena de los Arista, que se opone con éxito al expansionismo de la dinastía carolingia. A principios del siglo X, con el apoyo del asturiano Alfonso III asciende al trono de la dinastía de los Jimeno cuyo primer representante, Garcés I, consolida el futuro del reino y amplía su esfera de influencia por La Rioja.

En prolongada relación con Navarra se mantuvo el Pirineo aragonés, vinculado algún tiempo al imperio carolingio e independiente más tarde, para girar en la órbita de la influencia de Navarra, en cuyo reino se integra durante el siglo X, aunque manteniendo su personalidad y una relativa autonomía.

Cataluña

Después del año 711, los visigodos de Cataluña y de la Septimania eligieron rey al noble Ardón, que consiguió mantenerse como tal durante casi una década. En el 720, los musulmanes, que habían cruzado ya los Pirineos y tomado Narbona, profundizaron por territorio franco hasta que Carlos Martel obtuvo sobre ellos la decisiva victoria de Poitiers.

En años sucesivos, y con apoyo de la población mozárabe, los francos recuperan la Septimania y Carlomagno incorpora a su reino las comarcas de Gerona, Ausona, Cardona y Barcelona, donde se fija la frontera del imperio carolingio, siguiendo el curso del Llobregat. El área así denominada, la Marca Hispánica, quedó dividida en condados dependientes de la monarquía franca hasta que en el siglo IX la debilidad de ésta y la afirmación del carácter hereditario de los cargos hicieron posible la independencia de hecho de los condes catalanes.

Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Páginas 86-88.