El tardío nacionalismo visigodo



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A lo largo de la época visigoda, el romanismo fue caminando hacia su ocaso, producido como consecuencia de un proceso gradual y lento de empobrecimiento, mixtificación y desgaste. Con Leovigildo y con sus sucedores se sentaron las bases de un reino visigodo hispánico independiente del Imperio no sólo desde el punto de vista político (ya lo era desde que Eurico dejó de actuar como magistrado al servicio del emperador), sino también ideológico. Quiebra entonces la idea de que los reyes visigodos eran herederos de la maiestas del pueblo romano y de que, como tales, su autoridad se justificaba en cuanto aparecían como mantenedores de la tradición romana. Por el contrario, se inició entonces un nacionalismo visigodo perceptible en distintos órdenes, e incluso en la misma legislación, en la que se advierte una cierta reacción contra el romanismo del Derecho precedente, una capacidad creadora antes casi inexistente y hasta un cambio de estilo, que se vuelve recargado.

Los monarcas de esta última etapa buscaban una nueva razón de su potestad y la encontraron en la alianza y el respaldo de la Iglesia tras la conversión al catolicismo de Recaredo. Pero no obstante este apoyo y a pesar de su desapego al romanismo, decidieron asumir el esquema político absolutista de la última época imperial, que se manifestaría no sólo en su concepto del poder y del Derecho, sino incluso en los mismos atributos regios, y así hicieron suyos los símbolos de los emperadores romanos: el cetro, el trono, la púrpura, la corona, etc. En estas circunstancias, dada su trascendencia, se ha querido ver el punto de partida de un auténtico reino visigodo de Toledo.

Fuente:
Manual de Historia del Derecho (Temas y antología de textos).
Enrique Gacto Fernández, Juan Antonio Alejandre García, José María García Marín.
Páginas 54-55.